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Cuando todos pretendemos ser iguales que los demás por miedo a destacar y ser señalados o quedarnos aislados del grupo, la consecuencia es la pérdida de valor que se aporta a la sociedad, y el empobrecimiento general.

Desde pequeños, nuestros padres y profesores nos han enseñado a integrarnos en la sociedad y a hacer lo que nos decían para ser queridos y aceptados. Ello nos ha alejado en general de nuestra esencia, y no hemos aprendido después a encontrarnos y a aceptar nuestro verdadero yo. ¿Qué repercusión ha tenido esta educación? Es bastante evidente: vacío existencial generalizado, individualismo, materialismo, egoísmo, problemas de comunicación (no nos comunicamos desde nuestro yo verdadero y se crean confusiones), miedo a que los demás vean cómo somos realmente y falsedad social.

Las personas que escuchan y atienden todo cuanto se dice a su alrededor mostrarán bien pronto y bien lógicamente un cierto grado de desequilibrio mental. Con esta frase Gordon Muller en Superación Personal deja claro que escuchar y atender a los demás en cuanto a lo que nos conviene o a lo que ellos opinan sobre
el mundo es un error. Es uno mismo quien tiene que descubrir qué es para él la felicidad, cuál es su sueño, qué vida desea tener, qué opina del mundo, con qué personas le gusta relacionarse, etc. Si no aceptamos que somos diferentes y tratamos de ser del montón, de la masa, iguales… lo que conseguiremos es adquirir
un desequilibrio mental propiciado por el conflicto entre lo que atendemos y lo que es nuestra esencia.

Así pues, el equilibrio se encuentra en nuestro centro, que es donde nos reconocemos y nos sentimos en paz con nosotros mismos. Ahí renunciamos a ser superiores o inferiores a las otras personas, porque sabemos que todos somos diferentes y cada uno es especial, ni mejor ni peor. Sin la necesidad de competir y
compararnos, nos sentimos liberados y en paz, tanto interiormente como con el exterior.

Ser diferente es un hecho por naturaleza y cada persona es parecida pero diferente a los demás en algún aspecto. El coach actúa como un despertador, para que la persona se despierte y reencuentre con su esencia, su talento y sus sueños. Es un gran reto que cualquier buen coach debe proponer:
Se trata de que cada uno encuentre su yo, que cada uno se pregunte: Yo, realmente, ¿qué quiero? Si respondes a esta pregunta, tendrás un sentido, y luego calibrarás todas las vías posibles para alcanzar ese objetivo: elige una.

Desarrollar los dones especiales es un proceso imprescindible en una sociedad cada vez más competitiva, donde el mercado de trabajo es complejo, cambiante y muy exigente. Las empresas tienen que competir con talento o con precios bajos, y los profesionales deben hacer lo mismo: Si usted no es diferente, más vale que tenga un precio muy, pero muy bajo. Jack Trout