Seleccionar página

En Coaching denominamos creencias limitantes a aquellas que frenan o impiden el desarrollo y el aprendizaje. Son pensamientos que tienen tanta fuerza en nuestra mente y nuestro entorno que llegan a convertirse en algo así como una profecía autocumplida. Por lo general, estas creencias limitantes suelen ser básicamente de tres tipos:

las relacionadas con la desesperanza («Haga lo que haga, nada cambiará», «No vale la pena esforzarse»), las que tienen que ver con los sentimientos de impotencia («No puedo», «Yo no soy capaz de conseguir eso», «Eso está fuera de mi alcance»), y las de ausencia de mérito («No me lo merezco», «Esto no está a mi altura»). Las tres ejercen una gran influencia a la hora de limitar la capacidad de desarrollo de las personas y nos las encontramos constantemente en los procesos de coaching, donde trabajamos para identificarlas y cambiarlas por otras que impliquen esperanza en el futuro, sensación de capacidad, responsabilidad, sentido de la valía, pertenencia, etc.

Todos nosotros estamos llenos de creencias y muchas de ellas son creencias limitantes. Estos pensamientos se van incorporando a nuestro ser a lo largo de toda la vida, la mayoría durante la infancia. Estas creencias quedan tan arraigadas en la infancia que perduran hasta cuando somos adultos. Muchas de ellas se crearon con algún propósito positivo, como protegernos, ayudarnos a establecer límites, etc. Con el tiempo, muchas de esas creencias no es que ya no nos sirvan, sino que incluso se convierten en un lastre para nuestra autorrealización personal, de tal forma que impiden que logremos nuestros objetivos vitales.

Como nos señala acertadamente Jose Antonio Marina en Anatomía del miedo:

«Las creencias erróneas son el caballo de Troya del que se sirve el miedo para entrar dentro de ti».

Dentro de nosotros hay muchas creencias inculcadas desde la infancia que nos limitan constantemente. La consecuencia principal es no poder hacer realidad nuestros sueños. Sin esas creencias erróneas, no habría cabida para el miedo a intentar conseguir nuestros objetivos, pero la cuestión es que sí están. Entonces
no queda otro remedio que afrontar esas creencias limitantes y ver hasta qué punto tienen fundamento o por el contrario, rechazar su validez. Incluso se puede dar un paso más, y sustituir esas creencias erróneas por otros pensamientos más constructivos, con el fin de que nos sirvan para alcanzar nuestras metas.

Pocos pueden presumir de superar sus miedos en una sociedad que cultiva el miedo como forma de controlar los comportamientos de las personas. Desde la infancia y la educación, esto ha sido así, y los medios de comunicación y gobernantes utilizan el arma del miedo para conseguir cosas de las personas. Por supuesto, somos libres de hacerles caso o no, pero a veces necesitamos que algo o alguien nos despierte y nos ayude a tomar consciencia de que las cosas pueden ser diferentes. Es por ello que muchas personas acuden a un coach para descubrir otras opciones, que quizá no son capaces de ver por sí solas.

El primer paso es siempre detectar las creencias erróneas que están obstaculizando que logremos lo que deseamos. Si no logramos avanzar cuando tenemos un proyecto que llevar a cabo, es hora de replantearse qué está fallando. Un no avance es al final un retroceso, por lo que conviene ponerle remedio antes de sea
demasiado tarde. De esta manera tratamos de ver qué trampas nos están inmovilizando y buscamos la forma de salir de ellas para seguir adelante.

La duda es uno de nuestros peores enemigos para alcanzar nuestros sueños, ya que tiñen de oscuridad la posibilidad de tener éxito. La duda nos paraliza y crea la idea de que no es posible lograr nuestros objetivos. Las dudas que tenemos a través de creencias erróneas hacen fácil que el miedo se instale dentro de nosotros y que desistamos de nuestros sueños:

El peor de los fracasos es, sin lugar a dudas, el fracaso de no haberlo intentado. El arrepentimiento de no haber intentado hacer algo para lo que nos creíamos destinados por nuestra vocación o pasión es realmente duro, ya que no tiene solución. Por lo tanto, bien merece la pena tomar algunos riesgos en nuestra vida,
siempre que sea posible, moderados y con cierto control o planificación. Asumir riesgos es para las personas valientes, pero la buena noticia es que todos podemos aprender a ser valientes. Valiente no es el que no tiene miedo, sino el que es capaz de sopreponerse al miedo y seguir avanzando. Es lo contrario de lo que
piensan muchos, que son esclavos de la creencia errónea que ser valiente es no tener miedo.

Muchos ocultan sus miedos, y esa es la peor postura que se puede tener, ya que evita que se les pueda hacer frente. Muchas, muchísimas personas, enmascaran sus miedos aparentando ser felices de cara a los demás, y creen así su propia mentira. Su error pasa factura antes o después, cuando después de un tiempo, se dan cuenta que no intentaron aquello por lo que merecía la pena vivir. En algún momento olvidaron que asumir algún riesgo para luchar por lo que deseaban podía tener su compensación, y que la vida es cambio y aprendizaje, por lo que su inmovilismo y miedo no les permitió vivir con plenitud.

Para sacar el máximo potencial de una persona en un proceso de coaching, tenemos sí o sí que detectar esas creencias limitantes que bloquean que salga lo mejor de sí misma. Una vez identificadas esas creencias erróneas, corresponde cambiarlas por otras creencias más adecuadas para la consecución de los objetivos que se haya marcado el cliente. Se trata de una sustitución por creencias potenciadoras, que son aquellos pensamientos que proporcionan un cambio positivo del coachee, le permite obtener energía y automotivación para luchar por lo que quiere.

Un cliente empezó la primera sesión algo escéptico, pero fue maravilloso ver como poco a poco empezó a cambiar de opinión, al darse cuenta que podía superar las barreras que le estaban impidiendo llevar a cabo sus proyectos. Comenzó a tener ideas y al ver que esas opciones podían ayudarle a lograr lo que quería
empezó a sentirse motivado para dar pasos. Se enfocó entonces en esas cosas que podía hacer, y dejó de estar centrado en los obstáculos, que era lo que le impedía avanzar en un momento de transición laboral. Superar sus miedos le permitió que el problema de estar sin trabajo no fuera un problema sin solución, en el cual él no podía hacer nada, para pasar a ser un proyecto ilusionante de búsqueda de un nuevo empleo. Finalmente, logró su propósito y empezó en un nuevo trabajo, que resultó ser un reto apasionante.