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La capacidad de generar rapport es clave para iniciar un proceso de coaching con un cliente. Se entiende por generar rapport la capacidad de crear sintonía comunicativa suficiente para que haya un nivel de confianza muy elevado entre el cliente y su coach. Para ello es necesario dominar tanto el lenguaje verbal como el lenguaje no verbal, así como saber desarrollar un buen entendimiento con el interlocutor. Al rapport se le conoce también en Coaching como la habilidad de danzar con el cliente, porque se trata de ir acompañándolo, de forma que hay que crear unos paso en los que ambos se muevan juntos, y no se cree una falta de sintonía entre los movimientos de uno y del otro. Desde luego, esta maestría requiera de una enorme destreza del coach, por lo cual tiene que poner una atención total en la persona, observar lo que está haciendo, diciendo, pensando, sintiendo, tratando de expresar, o que incluso está oculto o inconsciente en él, pero que influye en el proceso.

El coach es capaz además de ponerse en el lugar del coachee y entender porqué siente lo que siente, o porqué actúa de una forma, a pesar de que dice otra cosa, etc. Se trata de desarrollar la empatía, para interpretar lo que le ocurre al cliente. No es compartir con la persona aquello que le sucede o ponerse ambos tristes o apesadumbrados si hay un obstáculo, pero tampoco es obviar que existen esos sentimientos y esas dificultades para el coachee.

La gran maestría de un coach es ser capaz de aceptar a su cliente tal y como es, y no es siempre fácil. Un coach puede querer que su coachee sea de otra manera para que pueda alcanzar sus metas, o que actúe diferente, por ejemplo. Y sin embargo, debe saber comprender que el cliente hace todo lo que puede con el conocimiento y habilidades que tiene. Es decir, quizá no es cómo él actuaría, pero debe aceptar que cada uno es como es, con su propio carácter e historia personal, etc.

El coach debe aceptar que la persona tiene creencias que lo están limitando, pero el reto es que ello no lo irrite o le cree una gran tensión, creyendo que debe cambiar de inmediato todo ello. Al fin y al cabo, la labor del coach es acompañar a cambiar solo lo que el cliente quiera cambiar de sí mismo. Por supuesto, el coach debe retar a hacer más y a mejorar, pero nunca pretender obligar a hacerlo, siendo exigente en que el coachee cumpla con los deseos del coach en ese sentido. Aquí el protagonista es el coachee, y el coach no tiene toda la razón, ni debe pretender guiar a la persona allí donde esta no quiera ir. Por
el contrario, sí que es función del coach guiar al coachee allí donde este se lo proponga.

Por ello, el coach no es exactamente un líder que conduce hacia donde él quiere ir, según sus propios objetivos, o que quiera hacer partícipe al coachee de sus objetivos. Otra cosa es que el coach en ocasiones pueda actuar en algún sentido como un líder, o que un líder pueda adquirir las competencias de un coach para cumplir mejor su misión y objetivos. En última instancia, cabe recordar siempre las diferencias y no confundir los términos.